“Queremos todo y lo queremos ya”. Esa era una bella pero ilusa consigna del mayo francés (aclaro, no por ilusa deja de ser bella, ni por bella deja de ser ilusa, esa es la paradoja de la utopía). Claro está que uno esperaría que de 1968 a 2008, cuatro décadas más tarde se hubiese alcanzado cierto perfeccionamiento de las consignas. Lamentablemente, no es así. La pobreza conceptual del estilo “… Represión, represión y bolillo por montón” campea hoy en el movimiento estudiantil como una patética muestra de la incapacidad de sus dirigentes para plantear nuevos horizontes de lucha. Y sobre todo, para ofrecer al pueblo ese tipo de inspiración que lograran los estudiantes franceses y que, de una u otra forma, logró transformar el mundo.
Claro, ellos no estaban solos, había como diez millones de obreros en huelga general por esos días en la República Francesa. Y mientras los estudiantes gritaban “seamos realistas, pidamos lo imposible”, los sindicatos ni cortos ni perezosos obtuvieron sus aumentos de salario y una que otra prebenda más, luego de lo cual dejaron que los estudiantes (con sus cientos de heridos y arrestados) siguieran solos su movimiento, cada vez más radical y cada vez más aislado del conjunto de la sociedad, de modo que para finales de junio no quedaba ni el rastro de lo que fuera tal vez la mayor movilización estudiantil en toda la historia. Por cierto, poco después el Presidente De Gaulle fue reelegido con un 60% de los votos a favor (sólo de pensar que el movimiento en Colombia llegue a ser tan grande, con Uribe de presidente y con ganas de reelección, me pone los nervios de punta).
¿Qué significa todo esto? Pues que ni aún los estudiantes franceses de mayo del 68, con reivindicaciones sociales profundas (esto incluye el derecho a visitar las residencias femeninas, una de las peticiones de entonces), sus barricadas y consignas, lograron doblegar al Estado una vez perdieron el apoyo los trabajadores (estos últimos más pragmáticos a la hora de definir hasta donde y para qué valía la pena luchar). Por supuesto, dejaron un gran legado, pero este es más un legado moral. Y es precisamente este el punto que quiero enfatizar: Los estudiantes no pueden aspirar a que su poder se base en la fuerza, sino más bien en su capacidad de convocatoria no solo al interior de su gremio, sino de los demás sectores sociales. A nadie se le pasa siquiera por la cabeza que los estudiantes del 68 tuvieran que sacar, a las malas, a sus compañeros, ni que las barricadas (que las hubo) se pusieran en las puertas de los salones para impedir que estos se regresaran a clases…
Para que quede entonces bien claro: No es el carácter utópico de las consignas o reivindicaciones lo que resta fuerza al movimiento; es su descontextualización histórica y social. La incapacidad para realizar una clara lectura de lo que palpita en el corazón de las “masas”, de interpretar sus intereses profundos y convertirlos en banderas de lucha y, con el conocimiento que hoy tenemos de la historia, mezclarlos con una que otra reivindicación realmente viable que, inteligentemente negociada, nos deje un escaloncito más arriba luego de que, inexorablemente, pasen los momentos de efervescencia y calor. Si la dirigencia estudiantil de la UTP comprendiera esto, no estaríamos escribiendo en este blog…
martes, 21 de octubre de 2008
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